lunes, 3 de noviembre de 2008

Mi Propio Dios


La selva se toma el control en nuestro pelaje,
garrapatas infectadas de veneno,
la perfección hecha un monstruo.


Se interpone una maquina de 2 metros de esclavitud,
por una claustrofobia inhabitúal,
dentro de un camión de metal,
sin clavos que martillen tus lagrimas,
carteles que enmarcan tu inexistencia.


Llegando en plumas.


Lazos entijeretados, cotados del arnés.
Alas de millones de oros esculpidos en la esclavitud,
luchando contra el ojo de metal,
protegiéndome de la custodia.


Pierdo la recopilación.


Una lucha contra la tempestad,
un amor con el que no puedo dejar de soñar.


En el pico de la montaña,
abrazando la inmensidad,
en espera de la llamada que todo cambiara.


Sin señales de palpitos.


Todo termina con un sable en mis manos,
avergonzado por la traición de un dios en extinción.


El oro en tierra se transforma,
y mi vida aquí, para todos,
TERMINÓ.

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